1 junio, 2016 12 Comments Vida cotidiana

Ser un héroe

Ser un héroe - Rafael VídacSiempre hay una primera vez para todo.
Aquel día viajaba en metro con el primer ejemplar impreso de mi novela bajo el brazo. Podía notar el peso del libro recién nacido, cargado con mi propia energía pero también con la de su propia historia larga y tortuosa, casi como una presencia viva que reclamaba mi atención.
Yo trataba de ignorarlo -ya lo revisaría cuando llegara a casa- mientras, móvil en mano, me disponía a finalizar mi serie diaria de reflexiones. Tan solo me faltaba una. Respiré hondo y miré a mi alrededor. Es algo que hago a menudo; busco una imagen, un punto de apoyo desde donde construir una semilla, una idea que de lugar a unas palabras, unas palabras con las que construir algo parecido a un aforismo, a una expresión escrita que invite a la reflexión.
Me fijé en un tipo de mediana edad, moreno, barba descuidada, camisa remangada y pantalones manchados. Tenía un violín en la mano. El tipo lo sujetaba con exquisita delicadeza mientras caminaba entre los ocupantes del vagón, con evidente actitud protectora. El instrumento parecía antiguo aunque en perfecto estado y – aunque no soy un entendido en la materia – estaba seguro que aquella era una pieza de particular valor.
«Un instrumento valioso… El amor de su dueño…» – traté de centrarme en aquellas ideas, con la esperanza de desarrollar algo interesante.
Pero nos detuvimos en una estación y mi atención se centró – creo que la de la mayoría de los que estábamos allí – en una mujer menuda, que entraba en el vagón empujando un enorme carrito para niños. A bordo iban dos gemelas, de unos seis meses y vestidas con idénticos vestiditos. Una de ellas lloraba desconsoladamente. La madre maniobró el aparatoso vehículo con admirable destreza y con una sola mano ya que, con la otra, sujetaba de la mano a otro niño rubio, de unos dos años. Tenía Sindrome de Down.
En pocos segundos consiguió avanzar hasta el banco, donde alguien se levantó para cederle un sitio. La pequeña no dejaba de llorar, así que la puso sobre su regazo y empezó a darle el pecho. Justo cuando finalizó el llanto -dudo que la sincronización fuera casual- el violinista apoyó delicadamente la valiosa madera en el cuello y empezó a tocar una conocida pieza de Vivaldi.
Y era bueno.
Muy bueno, de hecho. Cuando acabó la pieza, casi todos rebuscábamos unas monedas en nuestras carteras. Pero yo solo tenía un billete… y no de los pequeños, precisamente. Mientras dudaba, el tipo se aproximó y reparó en mi dinero; luego me miró y, sorprendéntemente, negó con la cabeza.
– No hace falta, hombre… – sonrió.
En aquel momento, las puertas se abrieron y el violinista parecía dispuesto a apearse del vagón.
– ¡Espere! -exclamó alguien.
La madre de los tres niños hacía lo posible para encontrar su monedero en interior de la bolsa del carrito y, al mismo tiempo, sostener al bebé con el otro brazo. Sin embargo, en aquel instante, el pequeño de dos años se escabulló entre las piernas de su madre y cruzó las puertas del vagón justo cuando éstas empezaban a cerrarse.
La mujer gritó, incapaz de alcanzarlo, y todos nos quedamos petrificados. Todo ocurrió demasiado rápido…
Pero el viejo violín se interpuso en el último segundo.
El instrumentó crujió levemente, emitiendo una nota dolorosa y estridente, pero impidiendo que las compuertas se cerraran por completo. Luego el músico las acabó de abrir a fuerza de brazos y saltó al andén a rescatar al pequeño, que parecía observar nuestra inquietud con fascinado interés.
– Dios mío… ¡Muchas gracias! -dijo la madre, cuando tomó de nuevo la mano de su hijo – Es usted… mi héroe.
El tipo la miró detenidamente antes de responder. Parecía sopesar muy en serio el significado de aquella afirmación mientras observaba aquella familia.
– Supongo que entre héroes, debemos ayudarnos – afirmó, finalmente. Luego hizo un gesto de despedida y, tras un guiño al pequeño recién rescatado, se dirigió de nuevo a la puerta.
Yo había estado tan absorto contemplando todo aquello, que todavía sujetaba el billete en la mano. En aquel momento, se me ocurrió la reflexión que estaba buscando:
«Hay un poco de ti, en todo aquello que admiras».
Tuve tiempo de escribir aquella frase en el billete y ofrecérselo al músico antes de que se marchara con su violín herido. Luego tomé mi libro recién impreso y volví a escribir las mismas palabras en la primera página. Insistí en regalárselo a la madre de los pequeños, tras ayudarla a bajar en su estación.
Luego sonreí, satisfecho.
Siempre hay una primera vez para todo, incluso para comprender que, aunque todos somos los grandes héroes de nuestra propia cotidianidad, algunos brillan con una Luz especial. Aquel día me había cruzado con dos de ellos y me reconfortaba saber que continuaban en paz su camino, desde aquel instante, con un pequeño trozo de mi.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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