20 abril, 2016 2 Comments Vida cotidiana

La voz interior

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Era un día importante.
Faltaba muy poco para que empezara la reunión más relevante de su vida profesional pero, aquella mañana, las circunstancias parecían conspirar contra su puntualidad. El despertador no había sonado, su hijo le había escondido las llaves de la moto en el lugar más recóndito de la casa y aquel trozo de tostada había confirmado varias leyes de Murphy al mismo tiempo, cayendo primero sobre su corbata, luego sobre su camisa y detener su devastadora trayectoria sobre el pantalón.
Tras contemplar unos segundos los estragos de mantequilla y mermelada sobre su impecable indumentaria, se levantó de la mesa y se dirigió hacia el dormitorio mientras maldecía como un basilisco. Se cambió de ropa en tiempo récord, miró el reloj por enésima vez y se abalanzó hacia la puerta de salida.
Pero la puerta estaba cerrada. Y, lo que todavía era más grave: las llaves no estaban en la cerradura.
— ¡Por Dios Santo! —suplicó con desesperación mirando hacia el techo— ¡Cómo es posible que esté encerrado en mi propia casa!
Un tintineo familiar sonó justo tras él. Su esposa, con su hijo de la mano y las llaves en la otra, le sonreía con paciente dulzura. Antes de que pudiera protestar, la mujer le selló los labios con un beso leve.
— Ya sabes que ayer estuvo jugando con todas las llaves que encontró… Agradéceselo. Así no te vas sin despedirte.
Él gruñó algo ininteligible a modo de despedida, abrió la puerta y se subió a su motocicleta.
Lo habitual a aquella hora del día es que el tráfico fuera malo, pero aquel día en particular la carretera era un auténtico infierno. Algo le dijo que no corriera, que era imposible llegar a tiempo. Sin embargo, una urgencia rabiosa y obsesiva, carente de objetivo, ya se había apoderado de él. Aceleró, esquivó y adelantó como un suicida todo vehículo que alcanzaba, hasta que se vio obligado a detener unos instantes la marcha tras un autocar que le cerraba completamente el paso. Mientras pateaba el suelo con rabia, vio por el pequeño retrovisor como tras él una motocicleta de gran cilindrada conseguía sortear aquel obstáculo subiéndose a la acera y desatando el pánico entre los peatones.
Le pareció una idea excelente.
Tras bajar de la acera entre las maldiciones de los transeúntes prosiguió con su carrera frenética, esta vez tratando de atrapar a aquella otra moto. No era nada fácil. Aquel tipo parecía tener todavía más prisa que él. Tras esquivar un taxi por escasos centímetros, reparó por primera vez en aquella especie de voz interior. No había dejado de susurrar desde que se había subido en la moto, pero ahora parecía emitir feroces gritos de advertencia.
«¿Qué diantres estás haciendo?»
Apenas un centenar de metros más adelante, un nuevo semáforo se puso en ámbar. Conocía aquel cruce. La luz siempre estaba en verde… Pero, por alguna razón incomprensible, aquella maldita mañana se iba a poner en rojo justo frente sus narices. No le sorprendió comprobar que la motocicleta que estaba persiguiendo aceleraba aún más. El también podía pasar…
«Agradéceselo», había dicho su mujer.
El aire gélido, como mil agujas en el rostro, se colaba por la visera entreabierta. También parecía exigirle que se detuviera, pero él agachó aún más la cabeza, apretó los dientes con fuerza y aceleró a fondo.
«Así no te vas, sin despedirte…»
Un todo terreno se había detenido frente al semáforo y, desde el asiento trasero, un niño de la edad de su hijo le miró a los ojos. Todo ocurrió en menos de un segundo. Una imagen congelada, tras las retinas. Un fotograma memorable de la película de su vida. La pequeña mano, abierta sobre el cristal y aquella maravillosa expresión infantil, de inocente asombro, que observaba con atención su locura.
Y el semáforo se puso en rojo.
«Así no te vas…»
Frenó a fondo.
Mientras su corazón desbocado martilleaba en la base de su garganta, el neumático trasero gimió largamente contra el asfalto… Y consiguió detenerse, justo al lado del todoterreno. La otro moto ya se perdía en la lejanía, engullida por el denso tráfico más allá del cruce.
— Bien… —suspiró tembloroso y mirando hacia el niño.— Ahora seguro que llego tarde…
Y, de inmediato, le embargo una profunda sensación de paz.
El resto del trayecto lo hizo en calma, siguiendo la lenta procesión de vehículos hasta que llegó al edificio de oficinas. Se encontró con varios camiones de bomberos, estacionados uno detrás de otro. La zona estaba acordonada y diversas ambulancias y coches de policía trataban de acceder al lugar desde el otro lado de la calle. Cuando se dispuso a entrar en el edificio un policía le detuvo el paso.
—Lo siento, no se puede pasar. Hay un incendio en el edificio y están evacuando a todo el mundo.
Varias personas cubiertas de hollín y cenizas de pies a cabeza, con aspecto de salir de una guerra, pasaron a su lado en aquel momento. Reparó en uno de ellos en concreto; caminaba tambaleante y apoyado en los hombros de un bombero. A pesar de la máscara de oxígeno pudo reconocerle: él también debía asistir a la reunión crucial de aquella mañana. Luego su mirada se quedó atrapada en la moto de gran cilindrada que había estado siguiendo. Estaba aparcada junto a la puerta.
— ¿Hay… heridos de gravedad? — preguntó, sin estar muy seguro de querer saber la respuesta.
— El techo del vestíbulo se acaba de derrumbar y no estamos seguros si ha atrapado a alguien. Ha tenido suerte, ¿sabe? Si llega a venir tan solo unos minutos antes…
«Agradéceselo»
— Gracias… —murmuró, mientras dejaba el casco y el maletín en suelo y se quitaba la chaqueta — ¿Puedo ayudar de alguna manera?
Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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