20 abril, 2016 2 Comments Cuentos y metáforas

El último viaje de Felipe

El último viaje de Felipe

Felipe tenía más de cien días y ya era un anciano.

Como todo glóbulo rojo había sido una célula intrépida y viajera. Había navegado sin descanso por grandes ríos y por estrechos torrentes de la sangre; había explorado los rincones más recónditos del Gran Cuerpo donde habitaba y conocido multitud de células diferentes en casi todos los órganos. Había conversado con células cancerosas -opositoras radicales al sistema -, y viajado junto a distinguidos leucocitos; había mirado, fascinado, hacia el misterioso universo exterior desde los pequeños capilares oculares; había visto morir a miles de sus hermanos y llegar a la Vida a otros tantos…

Sí. Aquella había sido una vida apasionante, pero ahora sentía en sus maltrechas membranas que se acercaba su fin. Había llegado la hora de emprender su última travesía. En lugar de seguir los pasos de la mayoría de sus hermanos y viajar hasta el bazo para pasar ahí sus últimos momentos, Felipe había decidido hacer algo diferente: visitaría, por última vez, el Corazón.

Y fue así que, tras cruzar las interminables planicies de los alveolos pulmones, llegó una vez más hasta el imponente umbral del ventrículo derecho. ¡Qué lugar! Había visitado en incontables ocasiones aquel maravilloso órgano, pero nunca se cansaba de apreciar la sagrada belleza y la magnificencia que albergaba aquella región palpitante del Gran Cuerpo. Jamás había estado tan cansado, pero se sentía satisfecho: aquel sería un buen lugar donde finalizar sus días.

Justo cuando se disponía a detener la marcha, reparó en una discreta bifurcación por la que nunca antes había pasado. Entró despacio y con cautela, ya que el paso era angosto y sus fuerzas cada vez eran más escasas. De repente, una bóveda imponente se abrió ante él. Las paredes y los techos, inundados de una cálida luz dorada, palpitaban siguiendo el ritmo sagrado del Corazón. Jamás había estado en aquel enorme santuario, pero parecía justo el lugar que estaba buscando.

Y así, con una sonrisa un tanto resignada, detuvo por primera y última vez sus pasos…

—Has escogido un buen lugar, para un momento especial —dijo alguien de pronto— ¡Felicidades! Debes de ser un glóbulo rojo especialmente sabio.

La voz llegó desde el centro de la gran estancia y Felipe, en un último esfuerzo, divisó una especie de llama danzante de fuego, que deslumbraba luz como el oro. La inesperada aparición parecía titilar siguiendo el ritmo cardiaco de la gran estancia y, sin duda, había sido ella quien le había hablado

—¿Quién… eres?— preguntó, sin estar seguro de estar hablando con una alucinación—Nunca había visto nada como tú.

—Soy la llama que mantiene con Vida este cuerpo. Y también la fuente de sabiduría y bondad del Ser que lo habita.

—¿Ser? ¿Qué quieres decir?

—El lugar donde vives es, en realidad, un gran Ser, una gran inteligencia. Bien.. —corrigió la llama luminosa, de repente un tanto pensativa— en realidad en ocasiones no parece demasiado inteligente… ¡Pero es alguien con su propia Vida! Alguien con sus intereses y sentimientos; que experimenta, que vive y crece; alguien que, al igual que tú, nace, muere y aprende.

— Qué interesante…— dijo Felipe, sinceramente interesado con el tema —¡Vivimos en el interior de un gran Ser! Había oído mencionar esa teoría a algunas células del cerebro, pero me pareció un tanto… difícil de creer. 

—Y, sin embargo, ¡así es! Y no solo eso: además de este gran Ser en el que vivimos, existen muchos otros. Ellos viven en el universo exterior, interactúan y aprenden entre si, y todos y cada uno forman un mundo parecido al nuestro donde residen miríadas de seres como tú y yo. ¿No es maravilloso? Lo que dicen es cierto: ¡Hay otros mundos… y mucha Vida ahí afuera!

—¡Fascinante! —exclamó la célula, que ya no le alcanzaban las fuerzas para mirar hacia su interlocutor y decidió tumbarse — Qué lástima saber todo eso ahora, justo antes de que todo acabe para mí…

—Nada acaba y todo cambia ¡Aquí nunca se desaprovecha nada! Cuando vuelvas a nacer, la sabiduría que hayas adquirido en tus viajes también formará parte de ti. ¡Nada se pierde! 

—¿Cambiar? Yo quiero volver a ser una célula de la sangre. Un eritrocito.

—Quizás sí… o quizás no—repuso la llama dorada, de repente en un tono profundamente bondadoso—Tu destino está marcado por aquello que necesitas aprender y no tanto por lo que desees ser. Pero no te preocupes: siempre que vivas siguiendo la función para la cual hayas nacido, serás plenamente feliz.

Felipe sintió como las últimas fuerzas abandonaban su cuerpo envejecido. 

—Bien… —suspiró—Trataré de recordarlo… Dime solo una cosa más. ¿Volveré… a verte?

—Claro que sí, pequeño. Yo siempre he estado y siempre estaré aquí. Volveremos a vernos, muchas, muchas veces más…

Y con aquellas palabras palpitando en su interior, Felipe inició el último y, sin duda, el más emocionante de sus viajes.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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