20 abril, 2016 1 Comment Cuentos y metáforas

El dolor de un sabio

El dolor de un sabio

— Te digo que es un impostor.

— ¡Y yo te digo que eres un cabezota y un ignorante! ¿Cómo es posible que no sepas quién es

Geshe sabía quien era, por supuesto. ¿Cómo ignorarlo? Nadie hablaba de otra cosa desde que aquel supuesto místico, vestido con ropajes de millonario y precedido por decenas de leyendas, había llegado a la región. Pero, por mucho que su esposa lo insultara — solía hacerlo cuando le preocupaba que pudiera cometer alguna imprudencia —, él no veía agua clara en aquel tipo.

— Posiblemente yo sea el único en este lugar perdido del mundo con un ápice de sensatez. ¡Vamos mujer! He oído todo tipo de cuentos infantiles sobre ese…ese individuo. ¡No me digas que tú también crees en esas cosas!

Antes de responder lo ensartó con una fría y afilada mirada.

— Yo ni creo ni dejo de creer…—advirtió ella alzando un dedo amenazador— Pero tengo los ojos lo suficiente abiertos para distinguir a un santo de un charlatán. Geshe… ¡Prométeme que no vas a cometer ninguna estupidez!

El médico refunfuñó, por enésima vez, tras recordar aquella discusión justo antes de salir de su casa. Aquella misma mañana había llegado un mensajero con una citación para visitar al Gran Milarepa, que estaba de paso por aquella región. La notificación tenía el sello de la casa real y sugería — es decir, ordenaba — que “diera máxima prioridad a la atención de su eminencia”.

El anciano reprimió un nuevo gesto de disgusto y apretó con fuerza el asa de su viejo maletín de trabajo, mientras caminaba con cierta dificultad. ¿Porqué tenían que ocurrir este tipo de cosas, precisamente los días en los que su reuma decidía castigarle los huesos? 

Si había algo que odiaba más que los ladrones era a los impostores, en especial a los que se codeaban con la realeza. Sin embargo, era consciente que no le quedaba más remedio que atender al charlatán lo más pronto posible para poder retomar el programa de visitas que tenía pendiente.

Había llegado hasta un pequeño palacete, el cual habían reformado y acondicionado con todo tipo de lujos para la ocasión, y le habían dicho que esperara en una pequeña sala hasta que Milarepa pudiera atenderle.

Odiaba que le hicieran esperar. 

Antes de llegar al lugar, no le sorprendió encontrar una interminable cola de aldeanos que esperaban para ser sanados de todo tipo de males. Las leyendas habían corrido como la pólvora. Decían que era la reencarnación del mismo Vishnu. Algunos juraban haberlo visto volar sobre sus cabezas, todas las mañanas con puntualidad y durante años; otros aseguraban que jamás había probado alimento alguno ni bebido un solo sorbo de agua; que tenía la piel verde como los lagartos, que podía sanar a un moribundo con el tacto o matar un elefante tan solo con el poder su mirada…

“Y, sin embargo, parece que el santo está enfermo —pensó, cada vez de peor humor, mientras posaba una mano en su dolorida espalda —y necesita de los humildes servicios de un médico de pueblo para proseguir con su milagrosa vida”

Justo cuando empezaba a considerar muy seriamente la posibilidad de marcharse de aquel lugar, vinieron a buscarlo un par de criados que le acompañaron hasta una fastuosa sala en el centro del palacio. Allá, sentado sobre delicadas alfombras y grandes almohadones, le esperaba el individuo al que todos parecían venerar.

“Vaya — pensó Geshe, sinceramente sorprendido, al observar la piel verdosa de su rostro —al menos una de las leyendas es cierta…”

— Sé bienvenido… sabio doctor — dijo Milarepa, casi en un susurro —Ruego que disculpes las molestias que te haya podido ocasionar. ¿Crees que puedes ayudarme, con este mal que me aflige?

El doctor vio las horribles llagas en las manos del sabio, antes incluso de que éste se las mostrara. Toda una vida de experiencia en la ciencia médica le indicó que se trataba de algún tipo de enfermedad infecciosa. Le examinó metódicamente y en silencio, olvidando de inmediato cualquier prejuicio que hubiera podido tener sobre el paciente. Poseía una constitución excepcionalmente robusta y, si no fuera por aquella enfermedad y por el inusual tono verdoso de su dermis, se mantenía sano y vigoroso a pesar de haber abandonado la flor de la juventud. Las llagas eran profundas y debían ocasionarle un intenso dolor, pero no estaban infectadas. Con su poderosa constitución, y los remedios adecuados, probablemente sanarían en pocas semanas.

Sin decir ni una palabra, anotó la composición de una serie de ungüentos así como el procedimiento para su elaboración. Luego entregó las instrucciones a uno de los asistentes del sabio y se dispuso a abandonar la sala.

Sin embargo, aquella voz penetrante en forma de susurro le alcanzó de nuevo antes de llegar hasta la puerta.

— ¿Crees que mi sabiduría me permite escapar de mi pasado? —dijo Milarepa— ¿Que mi cuerpo mortal está a salvo de las leyes del karma?

Geshe se volvió. No entendía su significado pero, por alguna razón, aquellas preguntas le impidieron contener ni un segundo más toda su indignación.

— Con todos los respetos, creo que no debería engañar a esta pobre gente. ¿Cómo puede enfermar un… hacedor de milagros?

— ¿Crees que no podría sanar la enfermedad de mi cuerpo, si así lo quisiera? —cuestionó el sabio — ¿Que no podría expulsar de mi interior, todo el dolor que siento? La sabiduría te permite conocer al caos, doctor, pero también decidir libremente qué hacer con él.

— ¡Tonterías! Todo verdadero santo es un Ser iluminado y no hay enfermedad ni dolor, para quien vive verdaderamente en el sagrado estado de Samadhi ¿Dices que puedes librarte de tu enfermedad? ¿Entonces qué hago yo aquí? — Y, dicho esto, se cruzó de brazos en actitud provocadora al tiempo que los fieles empezaban a increparle por su atrevimiento.

Milarepa, en cambio, parecía más bien divertido ante la insolencia del viejo médico.

— En el pasado cometí errores, como todo humano. Y el precio debe ser pagado, por eso no puedo ser yo mismo quien atienda mis heridas. Sin embargo —continuó con una suave sonrisa —nada de esto servirá para convencerte ¿no es cierto? El hombre que solo cree en los hechos, es el más ciego seguidor de su propio credo… Pero te ofreceré una prueba, si eso es lo que necesitas. Observa con atención: transferiré una pequeña parte de mi dolor hacia aquel portón que ves allá. Quizás ello te convenza sobre mi naturaleza …

Geshe casi no había tenido tiempo de mirar hacia la robusta puerta de roble, cuando ésta estalló en mil pedazos con una detonación tan terrible que hizo temblar las gruesas paredes del palacio. Al mismo tiempo, todas las personas que había en la sala cayeron de rodillas y empezaron a rezar con fanática devoción.

El médico, en cambio, permaneció en pie, aún desafiante aunque algo tembloroso y ensordecido por la violencia de la explosión.

— No…voy a dejar embaucarme por un truco como ese — musitó, volviendo a cruzar los brazos —Eso no demuestra nada …

Milarepa guardó silencio unos instantes, y un breve atisbo de tristeza pareció cruzar su rostro.

— Está bien…— musitó— Sea, como tú quieres.

El anciano sintió entonces un dolor ardiente y atroz que ascendía desde la base de sus manos, en lenta agonía, hacia sus brazos. Al mismo tiempo, un velo de oscuridad cayó a su alrededor y el médico temió que hubiera llegado la hora de su muerte. Sin embargo, ante él y rodeado de la misma penumbra impenetrable, todavía podía ver a Milarepa que seguía observándolo en actitud compasiva.

De repente, se sintió terriblemente minúsculo ante la presencia del sabio. Como una pequeña y frágil chispa, frente una colosal estrella que derrochaba su Luz contra la oscuridad impenetrable que les rodeaba. Tuvo también una vaga comprensión de la diferencia de edad abismal que existía entre ellos, de las guerras que aquel enorme Ser había cruzado, de la dimensión colosal de su propósito y del sufrimiento que asumía para alcanzarlo.

Ahora podía verlo, sin el velo de ninguna duda: luchaba incesantemente contra la oscuridad del mundo y lo hacía por ellos, por quienes le rodeaban y veneraban, pero también por muchísimos más: diminutas y jóvenes chispas, que ignoraban el efecto curador que el sabio ejercía en sus Vidas. Aquellas llagas en sus manos no era nada comparado con lo que soportaba, de forma voluntaria, aquella poderosa Alma.

La agonía que Geshe sentía en los brazos ascendió hasta alcanzar los hombros y el cuello y comprendió que, alguien como él, era incapaz de soportar aquel tormento. Estaba apunto de perder el fino hilo de consciencia que aún conservaba…

Pero entonces, de forma tan repentina como había empezado, el dolor desapareció y todo volvió a la normalidad. Milarepa seguía observándolo en silencio pero, esta vez, con cierta complicidad. De algún modo, Geshe comprendió que aquella experiencia había sido completamente real, aunque solo había durado unos breves instantes.

También supo que la enfermedad crónica de sus viejos huesos, había desaparecido para siempre.

Con lágrimas de agradecimiento se postró a los pies de quien, desde aquel instante, sería su maestro. Y un pensamiento fugaz, inesperado, parpadeó brevemente en su mente.

“Una vez más, mi esposa tenía razón”

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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