20 abril, 2016 5 Comments Cuentos y metáforas

Besa a tus miedos

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Miré a la mujer birmana sentada frente a mi. Era bella y menuda, de ademanes apacibles y controlados. Parecía joven, pero sabía que una sacerdotisa de su rango no podía ser alguien de corta edad.

Sus ojos negros, profundos, se posaron lánguidamente sobre los míos antes de hablar.

—Me han dicho que querías hablar conmigo. ¿En qué puedo servirte, amigo europeo?

No supe que decir. Había recorrido el planeta en incontables ocasiones y, como periodista de lo insólito, había tenido la oportunidad de ver cosas verdaderamente increíbles. Pero presenciar la hazaña incomprensible de aquella mujer, tan solo unas horas atrás, había sacudido algunas de mis creencias más firmemente arraigadas.

—¿Porqué? — balbucee— ¿Cómo…?

Imposible dar con las palabras adecuadas. ¿Qué se podía preguntar sobre un acto tan cercano al milagro?

Solo dos días atrás, nos llegó la noticia: dos novicias pertenecientes a una antigua orden, habían fallecido en un ritual para bendecir la fertilidad de su pueblo. Habíamos viajado desde San Petersburgo para filmar otras cuestiones y el caso no llamó demasiado mi atención. Sin embargo, mi enlace en Myanmar nos aclaró que el ritual en cuestión se trataba del “beso de la muerte”, una peligrosa ceremonia donde las sacerdotisas besaban en la boca a una auténtica cobra real, una de las serpientes más letales del planeta.

En condiciones normales estas devotas de los dioses de la naturaleza convivían y alimentaban a los reptiles durante mucho tiempo, antes de jugarse la vida. Sin embargo, en esta ocasión, la ofrenda a la diosa exigía adoptar antiguas costumbres y dos mujeres habían muerto ya al intentar besar una cobra salvaje en su propio hábitat.

Cuando me dijeron que la líder de las sacerdotisas en persona se había prestado para repetir aquella ceremonia mortal, no lo dudé y cambiamos nuestros planes: por muy mala espina que me diera, teníamos que presenciar y filmar aquel acontecimiento.

Nos llevó un día completo llegar hasta el lugar, en una extenuante ascensión en carromatos empujados por bueyes, pero finalmente alcanzamos la comitiva. Transportaban frutas y todo tipo de ofrendas, mientras tocaban un enorme gong de cobre para anunciarle a la diosa serpiente nuestra llegada. La devota caminaba liderando la marcha, con un vestido blanco e impoluto y el largo cabello recogido sobre la cabeza.

Cuando llegamos a nuestro destino empezaron las sorpresas. La entrada de la madriguera no se trataba del reducido y angosto agujero que esperaba. Al contrario: era una gruta de considerables dimensiones, que se internaba en una montaña rocosa y cuya entrada superaba los dos metros de alto.

No pude evitar preguntarme qué clase de serpiente podía vivir ahí adentro…

La mujer se adelantó, sola, sin dudar ni un instante y, lentamente, se puso de rodillas frente a la entrada dejando con humildad los frutos en el suelo arenoso. Tras incontables reverencias y oraciones, retiró la cesta de fruta y se aproximó aún más a la oscura entrada.

Fue entonces cuando la birmana, sin dejar de mirar hacia el interior de la gruta, empezó a moverse de un modo extraño. Su cuerpo empezó a oscilar de un lado a otro, tenso y alerta, de adelante a atrás, en un movimiento un tanto convulsivo aunque no carente de cierto ritmo hipnótico.

Algo iba a pasar… y todos contuvimos el aliento.

Un cobra colosal, monstruosa, surgió reptando a toda velocidad y se abalanzó sin dudar, con las fauces abiertas, sobre la pequeña e indefensa mujer. Incomprensiblemente, la sacerdotisa consiguió esquivar al ofidio con un fluido movimiento de su torso y, lejos de escapar, empezó a desafiar al animal dándole pequeños golpes con la mano abierta.

En aquel instante estaba seguro: íbamos a contemplar un muerte espantosa y no podíamos hacer nada para impedirlo.

—¿Crees que no tenía miedo? — me preguntó ella inesperadamente y rompiendo el largo silencio.

—No lo sé… ¿Acaso no temes a la muerte?

—Acepté el ritual según la vieja costumbre, porque amo a mi pueblo y sé que ahora volverán nacer varones sanos y fuertes. Ese amor es mayor que ninguno de mis temores, incluido el miedo de abandonar este cuerpo temporal.

No osé contradecirla. Unas horas atrás hubiera interpretado aquella afirmación como una superstición más. Pero después de observar con mis propios ojos cómo se prolongaba aquella danza suicida entre humano y bestia, de ver cómo detenía sus embestidas mortales con la simple palma de su mano y de contemplar atónito cómo, finalmente, lograba besar tres veces consecutivas la nariz de aquel enorme reptil… Lo cierto es que ahora cualquier cosa me parecía posible.

—Sin embargo— continuó la birmana—, también me impulsaba otro motivo importante: una oportunidad única de obtener una gran victoria.

Aquello no me lo esperaba.

—¿Una victoria… sobre la cobra?

—Sobre mí misma —sonrió, y de nuevo su rostro era el de una alegre joven. —La diosa serpiente también nos otorga la oportunidad de vencer a nuestros propios temores. Quien enfrenta a sus miedos obtiene valentía y esa, sin duda, es una valiosa victoria sobre uno mismo. Pero quien, a demás, es capaz de amarlos, quien es capaz de derribar las barreras ilusorias que le separan de sus peores temores y es capaz de comprenderlos, de aceptarlos como una parte más de su propio mundo… entonces no solo llega a ser alguien más valiente, sino que se convierte en alguien más completo, más grande, más sabio… Es decir, en alguien más capaz de servir a su pueblo.

—Es curioso… yo siempre he pensado que al miedo hay que eliminarlo.

Me miró largamente, antes de volver a hablar.

—Por mucho que la detestes — dijo finalmente— , no crecerás maltratando una parte de ti, sino amándola. No trates de ignorar a tus miedos. No trates de matarlos. Mejor, mírales a los ojos; acógelos en tu seno… y bésalos. Besa a tus miedos, amigo mío, y serás UNO con ellos.

Y tras el brillo de sus ojos oscuros creí distinguir, por un instante, la atenta mirada de la cobra.

PD: Aquí una muestra de la filmación.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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