9 mayo, 2017 3 Comments Cuentos y metáforas

Un gran despertar

Aquel desconocido, el que estaba sentado en el rincón de la cafetería, no dejaba de mirarme.

Estaba solo ante una mesa despejada, con las manos reposando una sobre la otra y la espalda enderezada. Me observaba tranquilo pero alerta, con la obsesiva fijación de quien aguarda un acontecimiento crucial que pudiera ser fugaz. Su vigilancia me había pasado inadvertida al principio pero, a estas alturas, mis sensaciones ya habían empezado a transitar de la lógica incomodidad a la inusitada violencia. En especial tras aquellos segundos en los que, en un arrebato de valentía, había tratado de sostenerle la mirada y él no había desplazo la suya ni un solo milímetro. Después de aquello probé un último recurso desesperado y miré, con absurda discreción, por encima de mi hombro… por si no fuera yo el que estaba siendo vigilado.

Por supuesto, allí no había nadie.

Enterré de nuevo la mirada en el libro que había dejado de atender y, tras invocar a mi pensamiento más lógico, alcancé la única conclusión posible que podía desprenderse de aquella extraña situación: un desconocido, probablemente un demente, me estaba acosando… y, teniendo en cuenta que desconocía la peligrosidad de su locura, lo más sensato sería largarme lo más rápido de allí. A esas alturas ya resultaba demasiado embarazoso invertir un minuto en terminarme el café o aparentar que leía un poco más, así que me dirigí a la salida con la rígida torpeza del que siente observados cada uno de sus movimientos.

Ya en la calle me percaté de algo todavía más inquietante: su rostro… me resultaba conocido.

Suele ocurrirme a menudo: tengo una facilidad natural para memorizar la cara de todo aquel con quien me cruzo, pero dicha habilidad está desvinculada de la de recordar las circunstancias en las que he coincidido con esa persona. El resultado es que, a menudo, me suena el rostro de alguien pero no tengo ni idea de si se trata de un conocido olvidado o de un desconocido vagamente recordado.

Le daba vueltas a esta cuestión mientras me alejaba de la cafetería y mi mente volvió a invocar el rostro del loco observador. La sensación de reconocimiento esta vez fue mucho más intensa, más próxima, casi podía rozarla con los dedos intangibles de mi consciencia.

—¡Diablos!— exclamé frustrado, en medio de la calle—Le conozco… y es alguien conocido.

De mala gana, detuve mis pasos y me dirigí de nuevo hacia la cafetería. Tenía que comprobarlo. Sabía que, de no hacerlo, podía estar horas y horas tratando de recordar… y si no lo conseguía me esperaba una noche de duro insomnio.

Cuando entré de nuevo en el local, el tipo continuaba exactamente en el mismo lugar, con idéntica posición, observando plácidamente cómo me aproximaba hasta él. Se diría que tuviera la certeza de que, en realidad, yo no podía alejarme demasiado del alcance de su férrea mirada.

—Disculpe… ¿Nos conocemos de algo?

Durante unos instantes, el extraño ni se inmutó. Luego sonrió y pestañeó, lentamente, con el gesto paciente y comprensivo de quien trata con un niño.

—Ya es la hora—. Dijo, señalando en su muñeca un reloj invisible— ¡Despierta de una vez!

Fue entonces, tras un primer instante de desconcierto, cuando le reconocí. Y de aquella lúcida comprensión, la del valor de aquel instante inevitable que estaba experimentando, brotó un fogonazo de felicidad como jamás antes había sentido. Él me sonrió. Sin duda, sabía lo que estaba pensado y sintiendo. Nos miramos, ahora con recíproco reconocimiento, mientras aquella alegría desmedida me colmaba por completo y me impedía pronunciar ni una sola palabra.

Era yo. Aquel desconocido, era Yo.

O, al menos, una versión serena, cuerda e incomprensiblemente sabia de mi mismo. Me reí de mi mismo. ¿Un loco? El único loco que había en aquella cafetería había sido yo, al tratar de huir de aquel maravilloso encuentro.

Una melodía conocida y pegadiza empezó a sonar en la cafetería; diluyendo las mesas gastadas y las sillas de acero; borrando los muebles del local, los techos y las paredes con cuadros, hasta solo quedar, flotando en el negro vacío, la mirada eterna de aquella gran versión de mi mismo.

«Despierta de una vez», había dicho.

Y yo, efectivamente, abrí los ojos, con un respingo sordo y la respiración alterada.

Estaba en el sofá de mi salón. Parpadee, fascinado por la repentina nitidez con la que aparecían ante mi mirada las cosas cotidianas de mi hogar. Aún sin moverme, disfruté un buen rato observando el recorrido oblicuo de la luz del atardecer atravesando las cortinas. No recordaba lo que había soñado pero, sin duda, la siesta me había sentado bien… Me sentía completamente restaurado y pletórico de energía.

Finalmente, reparé que sobre mi pecho reposaba un libro entreabierto. Releí unas pocas palabras que yo mismo había subrayado, antes de caer dormido en su lectura.

“Conocerte a ti mismo, implica observar con atención QUIÉN Eres. Hazlo con persistente atención y descubrirás que Ese a quien observas… te observa. Cuando eso ocurra, se aproxima un gran despertar”.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

Amazon papel_peqAmazon Kindle_peq

Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
Rafael Vídac

Latest posts by Rafael Vídac (see all)