1 diciembre, 2016 5 Comments Cuentos y metáforas

Lo que esconde la matrioska

matrioskaEstoy sentado en el banco del pequeño parque que hay frente a mi apartamento. Sale un hombre de la oficina bancaria, justo al otro lado de la calle. Unos sesenta años, enjuto, expresión severa. Lleva maletín y traje oscuros. Mira, inquieto, a un lado y a otro de la calle y yo, desde mi asiento, supongo que busca un taxi.

Parece impaciente, incluso disgustado, por el hecho de estar ahí, expuesto en medio de la vía pública con aquel maletín en la mano. Imagino que debe transportar algo valioso. Quizá algún documento importante. Aunque, quien sabe, podría tratarse de un montón de billetes, o de una fortuna en diamantes, o quizás…

Un tipo alto y corpulento aparece en escena e interrumpe mis cábalas. Lleva una cazadora gastada, pantalones ajustados, la cabeza rapada y la cara llena de aros de metal. Pasa junto al hombre de traje negro y se miran, de forma breve pero suficiente para que el del maletín se incomode. Observo con atención su reacción: un tanto asustado y despectivo al mismo tiempo. Casi puedo ver palidecer sus huesudas manos, aferrándose el asa de su mercancía. Mira con rapidez el reloj de su muñeca y empieza a caminar en dirección contraria, con la actitud alerta de quien avanza por terreno hostil.

Al otro lado de la calle, no muy lejos de donde yo me encuentro, dos obreros transportan varios puntales de hierro oxidado. Sé que van a reformar la fachada de uno de los edificios de la calle. Han empezado levantando un enorme andamio, cubriendo el edificio de redes verdes. Lo han hecho de forma limpia y eficiente, así que he supuesto que son buenos profesionales. El de los piercings y aspecto peligroso les saluda brevemente cuando pasa junto a ellos. Seguro que se conocen de algo. Miro de nuevo hacia el hombre del traje, que está apunto de llegar a la esquina. Sé que si gira a la derecha encontrará sin dificultad su taxi y yo empiezo a sopesar ir tras él para ayudarlo.

Pero un inesperado estampido metálico sacude el aire. Le sigue un ronco grito de sobresalto.

Miro hacia los obreros, que han dejado caer su pesada carga en el suelo y deduzco que ellos han sido los causantes de aquel escándalo. Al mismo tiempo, el joven de aspecto peligroso empieza a correr como un energúmeno hacia el hombre del traje, que parece haber quedado petrificado por el estruendo. Veo como los ojos se le abren más y más, de puro espanto, al ver como aquel desconocido está apunto de abalanzarse sobre él, mientras se abraza a su oscuro maletín.

Yo me pongo en pie, sin saber qué hacer. ¿Qué estaba pasando? ¿Pretende robarle?

Otro fuerte golpe resuena, en algún lugar, como una campana cascada. Los obreros le gritan algo al hombre del traje, que no alcanzo a comprender. Estoy seguro que le dicen que corra, que aquel energúmeno va a por él y que será mejor que no lo atrape. Pero es inútil. El hombre permanece paralizado y abrazado a su maletín, vulnerable como un niño, justo antes de que su agresor lo arroye como un tren de mercancías.

Ambos caen en medio de la calle y yo corro hacia allá, aún sin saber qué hacer, pero dispuesto a intervenir de alguna manera. En ese instante un último chasquido metálico resuena en la calle, seguido de un estridente lamento y la enorme estructura del andamio se viene abajo con un estrépito ensordecedor.

Me quedo ahí, de pie, un buen rato sin saber qué hacer y luego me sumerjo en la densa niebla de polvo blanco que se ha tragado a los dos hombres. Imágenes terribles, de cuerpos aplastados, cruzan por mi mente mientras me abro paso entre la densa polvareda. Doy con ellos justo cuando el grandullón está ayudando a incorporarse al hombre del traje, ahora de color blanco. Un amasijo de barras de acero, de varios metros de altura, se amontona a sus pies a escasa distancia de donde se encuentran.

—¿Está usted bien?

El hombre del maletín parece hipnotizado por la pequeña montaña de barras de acero que se alza a su lado. Aún así, gira despacio su enjuto rostro para mirar al joven que le ha salvado la vida.

—Gracias…—murmura, todavía sin aliento. Su maletín yace a sus pies, ahora también de color blanco. Está abierto, de par en par. Yo me apresuro a ayudarlo a recoger sus cosas. Una manzana, un sandwich cuidadosamente envuelto en papel de plata y una matrioska. Era un ejemplar infantil de una de esas muñecas rusas que se esconden, una dentro de la otra.

—Es para mi nieta—confiesa el hombre del traje, con una ligera sonrisa—Qué suerte, que no se ha roto…

Y yo también sonrío. En algo no me había equivocado: allí adentro, se escondía algo realmente valioso.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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