19 diciembre, 2016 2 Comments Cuentos y metáforas

Imagínatelo

Detente. Respira…

Y ahora, te invito a que imagines lo siguiente:

te encuentras en una playa, de arena blanca, mirando hacia el horizonte. El mar está agitado y el cielo, gris, amenaza tempestad. Tú, con un ligero impulso y sin ningún esfuerzo, empiezas a sobrevolar el violento oleaje.

Imagínatelo. Te desplazas veloz y silencioso, a pocos metros del agua, atravesando el aire inmune al viento y a los elementos. En seguida, divisas una nueva costa. Reconoces vagamente el lugar, a pesar de que ya hace bastantes años que no lo visitas.

Demasiado tiempo, quizás…

Desciendes, despacio, hasta que tus pies se entierran de nuevo en la cálida arena de una pequeña playa. Caminas un poco hasta alcanzar una pared rocosa cubierta de vegetación y descubres la entrada de una gruta. Es amplia. Lo suficiente para que puedas entrar sin tener que agacharte. Y parece profunda. Y también antigua. Emana un desagradable olor a húmeda descomposición. Reconoces ese hedor: es el que surge de las cosas que el miedo nos hace abandonar.

De repente, te parece escuchar algo. Parece un sonido breve, casi imperceptible, que surge del interior de la gruta y se confunde con el sonido del mar. Algo te dice que se trata de un sollozo.

Es el llanto de un niño.

Esa certeza te produce un profundo pavor. Un miedo tan antiguo como, quizás, la misma caverna que tienes ante ti. Deseas marcharte enseguida de ese lugar. Volver, volando, a tu confortable y segura isla particular. Pero, al mismo tiempo, a tu Corazón le parece inadmisible la idea de dejar a un pequeño infante, abandonado, en un lugar como aquel.

Así que, haciendo un gran esfuerzo, entras en la oscura gruta.

Imagínatelo. Avanzas hacia el interior de una oscura y desconocida caverna. Tus pasos resuenan en las viejas paredes, mientras las tinieblas pronto te ciegan por completo. Extiendes los brazos y sigues caminando, despacio, tanteando el terreno desconocido, dejándote llevar por la idea de que, no muy lejos, un niño necesita tu ayuda. Vuelves a escuchar un quedo sollozo, ahora con mayor claridad. Y sabes que estás cerca.

Finalmente, tus manos tocan la pared, áspera y desagradable. Parece que has llegado al fondo. No ves nada pero, a tus pies, un niño llora desconsoladamente. Te agachas y das con el pequeño. Está frío y, en cuanto lo tocas, deja de sollozar. El silencio que sigue, por alguna razón, vuelve a desatar una profunda oleada de pánico en tu interior. Esta vez es demasiado. Ya no puedes más. Necesitas huir de inmediato de aquel lugar horrible. Pero antes, en un último esfuerzo, tomas al niño entre tus brazos. Y corres, como nunca lo has hecho antes, mientras sientes como mil voces y sombras, tratan de retenerte en aquel lugar, de impedir que llegues a la salida. A la Luz.

Pero lo logras. Y caes de rodillas sobre la arena, exhausto y tembloroso. Miras, al fin, al niño que hay en tus brazos. Su rostro está sucio. Su pelo, enmarañado. Pero sus ojos, sus grandes ojos, te observan, bien abiertos.

El sabe quién eres, por supuesto.

Pero, lo importante, lo realmente importante, es que tú, ahora, también sabes quién es él.

Imagínatelo.

Eres tú. Cuando tenías unos siete años de edad.

Y la idea de haberle abandonado, de haberte abandonado, durante tanto tiempo, en un lugar como aquel, te produce un profundo dolor en el centro de tu pecho. Lloras… mientras abrazas con fuerza a tu pequeño yo. Las lágrimas caen sobre su pequeño rostro, sobre su cabello, lavando la suciedad de la oscura gruta, devolviendo la luz en su mirada y la calidez de su piel. Mientras más lloras tú, más resplandece él.

Finalmente te mira, sonriente, desde tu regazo. Tú también sonríes, no lo puedes evitar, y lo ayudas a ponerse en pie. El pequeño asiente, despacio, sin dejar de mirar dentro de tus pupilas. Toma tu mano y camina feliz a tu lado, hasta la orilla del mar. Miras al horizonte. La tempestad ha desaparecido y el mar se ha aquietado, como un infinito espejo turquesa.

Es hora de volver… así que vuelas de nuevo, bajo el brillo de un nuevo Sol, sintiéndote indescriptiblemente dichoso.

Imagínatelo: has recuperado a tu niño interior.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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