6 julio, 2016 8 Comments Cuentos y metáforas

Hoy NO es un día cualquiera

Hoy no es un día cualquiera Rafael Vídac“Lo contrario de la soledad no es la compañía, sino el autoconocimiento”

Un día más… Pero no uno cualquiera: hoy, es el día de mi muerte.

Y tengo miedo. Mucho miedo. Y eso que tengo bastante práctica, en esto de morir. Ya llevo demasiado tiempo haciéndolo; lentamente, en secreto y por dentro; tratando de engañar a todos por fuera, sobre todo a mi misma, con todas esas máscaras sonrientes, con todo ese temor a no complacer la expectativa ajena.

Tengo miedo, sí. Y, aunque sabía que este momento fatídico era inevitable, lo cierto es que no quiero morir.

Y menos de esta manera.

Me he debido dar un buen golpe, porque no puedo mover ni un músculo y no recuerdo cómo diablos me he podido caer dentro de esta balsa. El nivel del agua, o lo que sea este fluido negro y helado en el que estoy sumergida, no ha dejado de subir y se me clava en el cuerpo como mil dardos de hielo, robándome la poca vida que me queda. Y no hay escapatoria. Ya ha sobrepasado el cuello y sigue ascendiendo, implacable, por mi rostro. Trato de revolverme, de gritar… Pero es inútil.

Como ya he dicho, no me puedo mover.

Me embarga una frustración infinita. No por lo que está apunto de pasar, curiosamente, sino por todo lo que NO ha pasado en mi vida. Cuántos momentos desperdiciados por la soledad, por la tristeza. Por la eterna sed de sentirme querida. Por la siempre presente necesidad de encontrar a alguien que me ame; la pareja perfecta, el príncipe azul… o de cualquier otro color, pero que me atienda, que me sostenga, que me cuide…

Cuánta soledad. Cuánta tristeza.

Me sorprende que no esté llorando, de puro espanto. Quizás ya he llorado todo lo que podía. Quizás este fluido oscuro que esta a punto de acabar conmigo, sean las lágrimas de todos mis llantos. Lágrimas oscuras. Lágrimas heladas.

El líquido trepa ya por mis mejillas, sellando mis labios, y se me ocurre que no se puede sentir frío desde el frío. Es una ocurrencia pequeña, inocente e inesperada, pero me aferro a ella como el náufrago a su tabla. Es cierto. Tiene que haber algo de calidez, estar vivo, para sentir frío. Hay que estar lleno, para sentir nuestros propios huecos. Hay que SER pura dicha, para poder sentir tristeza…

¡Qué sencillo! ¿Cómo no lo había comprendido antes?

Pero ahora es demasiado tarde. Menudo despilfarro. Una Vida, preciosa, desperdiciada. Y todo por no comprender que la tristeza es solo una emoción y que YO soy mucho, mucho más grande que cualquier cosa que pueda sentir. Por no comprender, que la tristeza también es una señal, una indicación hacia nuestro Corazón para aprender a llenarnos POR nosotros mismos y DE nosotros mismos. Un frío maestro que señala, todo el tiempo que sea necesario, hacia esa calidez, hacia esa dicha, hacia esa plenitud que siempre hemos sido.

¿Cómo he podido equivocarme tanto? ¿Cómo he podido valorarme tan poco? Todo este tiempo pensando que necesitaba compañía y lo único que me hacia falta es un poco más de autoconocimiento. Y sin embargo, aquí estoy, apunto de morir por algo tan pequeño como una triste emoción… que encima lleva toda mi Vida tratando de enseñarme algo.

Instintivamente retengo el aliento cuando el agua alcanza mis fosas nasales. Curiosamente, la idea de morir ahogada por el producto de mi propia tristeza ha hecho desaparecer el miedo y, en su lugar, ha dejado una aguda e inesperada curiosidad por lo que está apunto de ocurrir.

¿Cómo será la muerte?

No tiene demasiado sentido prolongar lo inevitable y retener más tiempo el aliento. Lo mejor será abreviar el proceso. Así que inhalo profundamente, de forma casi desafiante, colmando mis pulmones con mis propias lágrimas heladas.

Y, es increíble porque… ¡puedo respirar!

Respirar con una plenitud que no recordaba. Saciarme como solo podía hacerlo cuando era libre de todas mis carencias, cuando mis pulmones no estaban bloqueados ni mi Corazón cubierto de hielo. Puedo respirar, al fin, desde lo que SOY y no desde mis heridas.

Y, en ese preciso instante, el sonido estridente y repetitivo de una alarma tira de mí, devolviéndome, de nuevo, a mi cotidiana realidad.

Abro los ojos… al fin.

Es un día más. Pero no uno cualquiera: hoy, es el primer día de mi nueva Vida.

Rafael Vídac

Rafael Vídac

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Rafael Vídac (Barcelona, 1976) es licenciado en ingeniería superior geológica. Tras dejar el campo de la ingeniería civil se formó como terapeuta psico-corporal y coach personal, además de finalizar diversas formaciones complementarias en el campo de la psicología y la medicina natural. Desde entonces ha dedicado su vida profesional al mundo del crecimiento personal trabajando desde su consulta ubicada en el centro de Barcelona.

Actualmente compagina su trabajo con la escritura y la publicación diaria en redes sociales. Sus breves reflexiones, basadas en su profesión y en su pasión por el potencial humano, llegan diariamente a más de un millón y medio de seguidores en todo el mundo.
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